Llámame
loca por hablar con un escritor muerto durante la noche. No me importa. Mi
rutina se ha convertido en una ruleta de infortunios que gira en la misma
dirección que un reloj, en la que yo soy la que va al revés. Puesto que la luna
me chiva que el día nada novedoso aportará a mi menguada persona, paso la
mañana durmiendo. Tras esto, dejo correr las horas un poco más mientras oigo
hablar de un tal Caravaggio y su excelente técnica realista contra reformista.
No entiendo una mierda pero hace de mi conocimiento algo más extenso en la
medida de lo posible. Finalmente, vuelvo al lugar de salida sin sentir haber
pasado por alguna meta. Cerveza fría y un bolígrafo en mano. Es entonces cuando
espero a que aparezca. Entre calada y calada de un humo espeso convergen en mi
mente pensamientos confusos que intentan dar a luz este autorretrato.
La
primera noche que susurró en mi oreja me dijo que por ser especial me
dejaba llamarle Bukowski, ya que al
resto de los locos les obliga llamarle insomnio. Su voz retumbó en mi mente
como los cohetes artificiales de una noche de verano. No pudo alegrarme más el
haber conocido a aquel borracho impulsivo. Gracias a su impertinencia y su empeño
por perturbarme, lo utilizo como la
razón por la que me paso en vela la oscuridad. “Bukowski no me deja dormir.” Me
contó cosas como que según una investigación científica, hace falta 325 años
para que reviente la última neurona y que, cuando se lo contaron a él, cayó en
la cuenta de que la mayoría de las chicas que conoció en bares y se llevó a
casa mentían acerca de su edad. No pude reírme más.
En
una de sus visitas me di cuenta de algo muy curioso sobre este personaje, y es
que no saluda de una forma corriente. Cada noche, lo primero que dice cuando
llega es el título de uno de sus poemas, es egocéntrico, pero me gusta y me
incide a leerlo por la intriga. Esa vez me tocó “Encomios”. Curiosamente me
preguntó cómo llamaría a una obra mía
que yo considerase buena, la cual yo
estaría dispuesta a mostrar. No se me ocurrió ninguno y respondí:
Intitulable. Perfecto, contestó secamente. Tenemos en común una simpatía bastante
complicada de entender, pero el reducido número de personas a las que les gusta
son las únicas que necesito a mí alrededor.
Como
ya teníamos cierta confianza, cuando tuvo lugar la última noche la impertinente
fui yo y decidí que el tema de conversación sería el sexo. Para mi sorpresa, me
dio su opinión de una forma breve y directa: Hay que follarse las mentes antes
que las entrepiernas. Excitarse con lo que puedes ver y también con lo que no. Ya
le dije que no es igual de placentero un cuerpo desnudo que desnudar un cuerpo.
Se
trata de hacer el amor con palabras. No de comernos a versos,- respondió- sino de devorarnos con la lentitud con la que
se debe leer la prosa, y mal interpretarnos con el doble sentido de la
metáfora. Inventemos, pues, los motivos
por los que compensarnos, aunque realmente no exista nada que compensar.
