jueves, 25 de febrero de 2016

Intitulable.

Llámame loca por hablar con un escritor muerto durante la noche. No me importa. Mi rutina se ha convertido en una ruleta de infortunios que gira en la misma dirección que un reloj, en la que yo soy la que va al revés. Puesto que la luna me chiva que el día nada novedoso aportará a mi menguada persona, paso la mañana durmiendo. Tras esto, dejo correr las horas un poco más mientras oigo hablar de un tal Caravaggio y su excelente técnica realista contra reformista. No entiendo una mierda pero hace de mi conocimiento algo más extenso en la medida de lo posible. Finalmente, vuelvo al lugar de salida sin sentir haber pasado por alguna meta. Cerveza fría y un bolígrafo en mano. Es entonces cuando espero a que aparezca. Entre calada y calada de un humo espeso convergen en mi mente pensamientos confusos que intentan dar a luz este autorretrato.
La primera noche que susurró en mi oreja me dijo que por ser especial me dejaba  llamarle Bukowski, ya que al resto de los locos les obliga llamarle insomnio. Su voz retumbó en mi mente como los cohetes artificiales de una noche de verano. No pudo alegrarme más el haber conocido a aquel borracho impulsivo. Gracias a su impertinencia y su empeño por  perturbarme, lo utilizo como la razón por la que me paso en vela la oscuridad. “Bukowski no me deja dormir.” Me contó cosas como que según una investigación científica, hace falta 325 años para que reviente la última neurona y que, cuando se lo contaron a él, cayó en la cuenta de que la mayoría de las chicas que conoció en bares y se llevó a casa mentían acerca de su edad. No pude reírme más.
En una de sus visitas me di cuenta de algo muy curioso sobre este personaje, y es que no saluda de una forma corriente. Cada noche, lo primero que dice cuando llega es el título de uno de sus poemas, es egocéntrico, pero me gusta y me incide a leerlo por la intriga. Esa vez me tocó “Encomios”. Curiosamente me preguntó cómo llamaría a  una obra mía que yo considerase buena, la cual yo  estaría dispuesta a mostrar. No se me ocurrió ninguno y respondí: Intitulable. Perfecto, contestó secamente. Tenemos en común una simpatía bastante complicada de entender, pero el reducido número de personas a las que les gusta son las únicas que necesito a mí alrededor.
Como ya teníamos cierta confianza, cuando tuvo lugar la última noche la impertinente fui yo y decidí que el tema de conversación sería el sexo. Para mi sorpresa, me dio su opinión de una forma breve y directa: Hay que follarse las mentes antes que las entrepiernas. Excitarse con lo que puedes ver y también con lo que no. Ya le dije que no es igual de placentero un cuerpo desnudo  que desnudar un cuerpo.

Se trata de hacer el amor con palabras. No de comernos a versos,- respondió-  sino de devorarnos con la lentitud con la que se debe leer la prosa, y mal interpretarnos con el doble sentido de la metáfora.  Inventemos, pues, los motivos por los que compensarnos, aunque realmente no exista nada que compensar.